26/3/2004 |
Desde 1957, año en el que ganó los concursos de Bolzano y Ginebra, la pianista argentina Martha Argerich no ha dejado de estar en lo más alto; de provocar el máximo interés y expectación ante cada una de sus actuaciones; de perfeccionar su juego interpretativo... y de ampliar su catálogo de rarezas, la última de las cuales es no dar recitales a solo: toca en conciertos con orquesta o en sesiones de cámara, en colaboración con instrumentistas amigos: Freire, Kremer, Maisky... El arte de Argerich viene definido por la pasión, por la voluptuosidad expresiva, por la calidad sonora y por el impulso rítmico; antes que por la milimétrica construcción o el equilibrio absoluto y concienzudo de planos y de voces. Hay mucho de intuición en su manera: “Trabajo de forma muy caótica, sin la menor regularidad”. Dio su primer concierto en 1945, a los cuatro años. A los ocho comenzó sus estudios con Vincenzo Scaramuzza. Llegó a Viena en 1955 y allí penetró en los máximos secretos del teclado de la mano de Friedrich Gulda: “De todos mis profesores –recuerda Argerich– el que me ayudó en mayor medida. Sus explicaciones eran muy claras, me criticaba realmente y me grababa casi siempre. Podíamos trabajar juntos hasta tres horas seguidas. Me decía que yo podía tocar directamente ciertas cosas, sin trabajarlas previamente. Todo se resume, a la postre, en una cuestión de concentración. Conocía mejor que yo mis límites”. La tímbrica clara, la pulsación, el fraseo son atributos que Argerich heredó sin duda del vienés. Más tarde estudió con Nikita Magaloff en Ginebra, de quien aprehendió la exactitud en el ataque y la delicadeza en el matiz; que luego ella ha aplicado de forma absolutamente libre y original. A los 18 y 19 años tocó ante Benedetti-Michelangeli, quien le reprochó descuidar el sonido, “el material esencial de la música”. “Yo veía todo en blanco y negro, no tenía todavía el sentido de los colores”.
Arturo Reverter
El Cultural