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Ven la luz los secretos de las grabaciones de Glenn Gould

4/9/2017 |

 

 

Publican todo el material de estudio de las «Variaciones Goldberg» de 1955Glenn Gould, al piano

Glenn Gould, al piano - ABC

Glenn Gould (1932-1982) es uno de los más fascinantes y heterodoxos pianistas del siglo XX. En junio de 1955, con apenas veintidós años, el intérprete canadiense se encerró en un estudio de grabación para registrar su primer disco: las «Variaciones Goldberg», de Bach –en 1981, poco antes de morir, volvería a grabar la misma obra–. El registro, publicado a principios de 1956, supuso una gran conmoción, y su peculiar interpretación continúa, más de medio siglo después, considerándose un ejemplo.

De aquellas sesiones, llevadas a cabo entre el 10 y el 16 de junio, resultaron diez cintas magnéticas, además de la cinta original del elepé publicado. Se guardaron en el archivo de Columbia Records, el sello para el que grabó Glenn Gould. Ahora, Sony ha publicado dichas cintas en un volumen que ha salido a la venta el 1 de septiembre bajo el título «Glenn Gould: The Goldberg Variations - The Complete Unreleased Recording Sessions». En ellas se puede asistir al proceso de trabajo y grabación realizado por el pianista junto a su productor, Howard Scott, y el ingeniero de sonido, Fred Plaut.

A pesar de su juventud, en aquellas míticas sesiones Glenn Gould dejó claro su carácter excéntrico: a pesar del calor –era, ya se ha dicho, el mes de junio–, el pianista apareció en el estudio con un grueso abrigo, con bufanda y con guantes. «Me espanta coger frío», argumentaba para explicar lo que se convertiría en su «uniforme de verano» habitual: dos jerseis, camisa de lana, bufanda, sombrero y mitones. Desde veinte minutos antes de empezar a grabar –el ritual lo seguía también en sus conciertos–, sumergía sus manos en agua caliente, y sus bolsillos eran una farmacia ambulante. Cuando se sentaba ante el piano, lo hacía en una silla a la que le había recortado las patas para estar a una altura más baja de lo normal, lo que le confería un aspecto casi simiesco. Y para rematar la puesta en escena, a menudo canturreaba la música que estaba interpretando –se le puede escuchar en muchas de sus grabaciones–. «No sé cómo nadie aguanta mi canturreo, pero sí sé que toco menos bien sin él».

Partitura musical completa

 

El álbum que acaba de salir a la venta incluye cinco CD’s con las sesiones completas de grabación de las «Variaciones Goldberg», que incluyen una conversación en el estudio entre el pianista y el productor –las cintas se han restaurado, explica el sello discográfico, «a partir de cintas analógicas originales de ¼ de pulgada y remasterizadas utilizando tecnología de 24 bit / 96 kHz»–; el álbum editado en 1955, tanto en CD como en vinilo; y un CD adicional, en el que el propio Gould conversa con el crítico Tim Page sobre la obra de Johann Sebastian Bach. Además, la edición incluye un póster y un libro con 45 fotos inéditas tomadas durante las sesiones de grabación, la partitura musical completa, varios artículos y una amplia documentación.

En la portada de la primera edición de la histórica grabación aparecían treinta fotos del pianista, una por cada una de las variaciones. El citado Tim Page escribió que las «Variaciones Goldberg» de Glenn Gould fueron «un icono cultural de los cincuenta», como las películas de James Dean o Marlon Brando. Él pertenecía a una nueva generación, seguía, que perdía el respeto a sus mayores, y de ahí su peculiar interpretación de la pieza de Bach, que no se parece a ninguna de las realizadas hasta entonces. Sus «Variaciones Goldberg» están tocadas a una mayor velocidad de lo habitual, pero Gould lo hace con una espectacular energía y una extraordinaria transparencia.

La grabación de las «Variaciones Goldberg» dio un impulso a la carrera pianística de Glenn Gould, que solo nueve años después interrumpiría. El 10 de abril de 1964, en el Wilshire Ebel Theatre de Los Ángeles, ofreció su último concierto. Tenía 32 años, y explicó así su decisión: «En los conciertos me siento rebajado, como un artista de vodevil». Los consideraba parte del pasado. «A veces he hecho amplias generalizaciones en el sentido de que cualquiera que asista a un concierto es un “voyeur” en el mejor de los casos, y quizá un sádico además. Estoy seguro de que esto no es totalmente cierto, puede que haya incluso personas que prefieran la acústica del Avery Fisher Hall a la de su cuarto de estar. Así que no quiero ser poco caritativo. Pero sí pienso que todo eso de pedir a la gente que se analice en situaciones que no tienen necesidad de sus esfuerzos es erróneo, además de inútil y cruel».

Deslices de los dedos

Devoto confeso del disco, Gould siguió su carrera en los estudios de grabación. Dejó más de ochenta discos, que incluían desde autores medievales como Jan Pieteszoon Sweelinck, Orlando Gibbons o William Byrd, hasta compositores contemporáneos como Hindemith, Schoenberg y Richard Strauss; además, claro, de los más habituales Beethoven, Mozart, Haydn o Brahms. «El concierto ha sido sustituido –dijo–. La tecnología tiene la capacidad de dejar al artista el tiempo y la libertad para preparar su concepción de una obra con la mejor de sus capacidades, sin tener que preocuparse de banalidades como nervios y deslices de los dedos».

Su genialidad no fue elogiada de manera unánime. El pianista checo Alfred Brendel se refirió así a Glenn Gould en una entrevista con ABC: «No creía en el carácter de la obra, no guardaba fidelidad al estilo, la interpretaba de varias maneras y después escogía la que más le gustaba. No todos los músicos famosos son admirables. Gould tenía un gran dominio del teclado, pero su actitud era contraria a su interpretación. Y cuando escribía, trataba de confundir a sus lectores. ¿Qué se puede esperar de alguien que decía que Mozart había tenido que escribir veintiocho sinfonías para lograr una de calidad? Gould tocaba precisamente como el compositor no quería que se hiciera. Un intérprete debe querer a su madre; es decir, al compositor».

JULIO BRAVO
Abc

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