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CRÍTICA

Peralada, templo de las voces

8/8/2017 |

 

Programa: Julia Lezhneva

Lloc i dia:Festival Castell de Peralada

  • El público goza en el Empordà de la virtuosa coloratura de la soprano rusa Julia Lezhneva en el ecuador de la semana lírica del festival; hoy, Gregory Kunde
Peralada, templo de las voces
La soprano Julia Lezhneva durante su actuación de anoche en la iglesia del Carme de Peralada (Jordi Ribot Punti/ICONNA)
Eso de embarcarse en una semana de recitales líricos en pleno verano ampurdanés es cosa al alcance de unos pocos. Y léase ese pocos en diversos sentidos. Porque pocos son los que tienen cabida en las exclusivas citas de la iglesia del Carme de Peralada, y pocos son los festivales de verano que se atreven a sobrevivir apelando a semejantes delicatessen musicales, como la que regaló ayer la soprano rusa Julia Lezhneva. Al fin y al cabo, tampoco es tan numeroso –¿o sí?– el público que se muestra fiel a este tipo de propuestas.

En Peralada saben bien a quién se dirigen. Y consiguen incluso que parte del público sea a veces el mismo en noches consecutivas. Es lo que en cierta medida ha pasado esta semana lírica que se ha marcado el festival a base de grandes voces, una detrás de otra. La cita había comenzado con Pretty Yende, siguió con Ainhoa Arteta –que además recibía la medalla del certamen–, y llegaba anoche a su ecuador con Lezhneva..., para cambiar de género esta noche con el tenor Gregory Kunde –ojo– y culminar mañana con la Madama que se está preparando en el Auditori del Parc. Ayer hubo ensayo general. Otro gran doblete para quienes lo disfrutaron.

En Peralada saben bien a quién se dirigen. Y consiguen incluso que parte del público sea a veces el mismo en noches consecutivas

Pero volviendo a lo sucedido anoche... Lezhneva apareció en el escenario de la iglesia con esa mirada de chiquilla ilusionada y el semblante lunar que evoca la redondez de su cara. No era una extraña para la audiencia catalana: se la había visto este año en el Liceu, en el Don Giovanni que llegaba de la Royal Opera House, y en el festival de Torroella cuando tenía poco más de veinte años (ahora cuenta 27). Y había incluso estado a punto de actuar en L’Auditori cuando hace un lustro grabó junto a Il Giardino Armonico de Giovanni Antonini un disco de motetes, aunque lo de grabar a razón de un motete al día la dejó exhausta.

El público se enfrentaba ayer, en la iglesia del Carme, a un derroche de coloratura en la voz de esta joven rusa que desde su infancia ha tenido a Cecilia Bartoli como fuente de inspiración. De hecho, fue la diva italiana quien le descubrió el barroco italiano con el disco Viva Vivaldi! que grabó con Il Giardino Armonico. Por lo que no es de extrañar que Antonini se fijara en Lezhneva. “Julia es un caso maravilloso: sencillamente abre la boca...y canta”.

Esa naturalidad, esa cualidad intrínseca de Lezhneva se observa claramente en su performance, aunque acaso va en detrimento de la expresividad en determinados momentos, pues enfocada como está en su impresionante técnica puede llegar a cantar repertorios distintos sin darles a cada uno el color que se merecen.

El público se enfrentaba ayer, en la iglesia del Carme, a un derroche de coloratura en la voz de esta joven rusa que desde su infancia ha tenido a Cecilia Bartoli como fuente de inspiración 

El concierto comenzó nada menos que con el “ Agiata da due venti” de Griselda, esa ópera de Vivaldi que en la era moderna fue rescatada por John Eliot Gardiner. Lezhneva no podía estar más exultante vocalmente. Arrancaba con un alarde de coloratura y agilidad que muchas otras sopranos se reservan para el bis. Le siguió un Händel, “Carmelitarum, ut confirmet ordinem...O nos culcis”, del , uno de esos motetes que la han venido haciendo famosa. Y tras un pequeño Bach en manos de su pianista que la acompaña, Mikhail Antonenko –que es además su pareja y representante–, sonó ese In caelo stellede Porpora que le despierta a la soprano una especial pasión. Habrá otros porporas, pero es este el que para ella está lleno de éxtasis por amor a Dios “pero también a la naturaleza: al final es a lo que está llamado el ser humano, a estar en armonía con lo que te rodea”, ha declarado en alguna ocasión.

Con Mozart puso fin a la primera parte del concierto... sonó Exultate, jubilate (, y tras una pausa entró en faena con el contraste que realmente proponía el programa: Rossini versus Schubert. Cantó La regata venezianapara luego sumergirse en el lied del compositor alemán, comenzando por la profunda Nacht und Träume, no sin antes tocar Antonenko un Impromtu que sonó más a Schumann. ¿Por qué?

Una se preguntaba cómo haría Lezhneva para resurgir de esa infinita y melancólica ternura schubertiana y acabar con La donna del lago de Rossini que estaba prevista y que le ha sido siempre tan agradecida. Pero no hubo grandes cambios. La virtuosa cantante rusa, nacida en la lejana isla de Sajalín –de donde acaso proceden los ángeles–, siguió adelante con los bises, uno de su último disco de Graun, y otro, un Rajmáninov.


Maricel Chavarría
La Vanguardia

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